La experiencia de escribir mi primera novela.

Dicen que los primeros pasos son los más difíciles. Siempre había querido escribir un tipo de libro. Tal vez faltaba inspiración. O tiempo. O el idioma adecuado. Tenía un montón de excusas, pero esta vez cuando vino la inspiración, tenía una pluma en mi mano. Cuando somos mayores, aprendemos a aprovechar momentos importantes. 

Vale. Empiezo del comienzo. 

Empecé mi viaje de tres meses en el norte de España, en las olas del País Vasco, en San Sebastián. Pasé tres semanas ahí, surfeando y estudiando español. En San Sebastián pasaron las cosas que inspiran mi historia y, de repente, empecé a escribir. Había escrito artículos u  opiniones en español antes, pero era la primera vez que escribía una historia personal. Era un estilo retador. 

No tenía ningún objetivo aparte de documentar mis propias experiencias y pensamientos. Después de San Sebastián, viajé a otras partes de España y finalmente llegué a Madrid con el plan de quedarme al menos una semana. Fue un día espectacular, con un cielo perfectamente azul. Ese día visité el parque de El Retiro, vi un par de restaurantes veganos y fui a algunos bares. Decidí que me gustaba la ciudad. Especialmente después de haber pasado unos días de contaminación en Barcelona y Valencia.  

Admito que al principio elegí otra escuela, pero por problemas con mi tarjeta australiana terminé en las clases grupales de B2 de AIL. Después de una semana en esta clase, decidí probar clases privadas con la idea de trabajar en mi historia. Pero primero tenía que comprobar el nivel de la profe. 

Ese lunes conocí a María, la famosa escritora de este blog. Después de una clase brutal de gramática (algo de subjuntivo que no me acuerdo, por supuesto), me di cuenta de que no tenía otra opción que arriesgarme y compartir mi historia con ella. El martes, inocentemente, empezamos el proceso de editarla. Probablemente, ella no entendía la magnitud de este trabajo y yo tampoco. En ese momento, esta historia solo era una colección de ideas y pensamientos, sin forma ni estructura, escrita en un español repleto de errores inocentes. Vamos, un desastre. 

Una semana se convirtió en dos, tres y cuatro, y pasamos cada minuto leyendo, editando y discutiendo hasta el punto que la historia tuviera sentido. Por las tardes después de nuestras clases, tenía la rutina de almorzar solo en el mercado San Miguel (¡sé que es muy caro!) y llevar un café a la biblioteca Ivan Vargas; en este salón subterráneo con buena música escribí la segunda mitad. Pasé las noches en los bares viendo el mundial. A veces tenía resacas en las clases. Los fines de semana desaparecieron rápidamente en las calles de Madrid, el Retiro y la biblioteca. Era una rutina bastante agotadora para ‘un viaje’. Ni siquiera tuve tiempo de visitar el museo del Prado. 

Después de cuatro semanas de trabajo, la imprimimos y leímos una vez más. Teníamos la sensación de que estábamos cerca del fin. María, por su parte, estaba esperando a volver a clases menos duras. Yo me fui al sur de España y ella cogió vacaciones una semana. Tras esta pausa, volvimos a Madrid para editarla por última vez. Esa semana de distanciamiento fue muy importante y yo tuve la oportunidad de considerar muchas partes y reescribirlas. Regresamos a la capital con cuchillos afilados, listos para cortarla una vez más. Al final, terminamos a última hora del último día. Una semana antes de navidad. 52 páginas. 12000 palabras. Horas y horas de trabajo. 

Yo tenía que coger el tren al día siguiente. Mi profe se convirtió en mi editora y después en mi co-writer. Qué destino. Gracias a María y AIL Madrid por la experiencia.

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